
Inverosímil el caso de Choi Yo-Sam
By Chelo De Castro C., ElHeraldo.com.co
16/01/2008 08:42
Hasta donde tenemos entendido había una grata y por demás saludable temporada boxística en la cual no se había producido una tragedia en la que pereciera un boxeador sobre el ring o al poco tiempo de haber sido ingresado en un hospital, como es lo corriente en estos desdichados acontecimientos, porque nunca o casi nunca perece un boxeador sobre el entarimado.
Un hecho por cierto muy diciente, toda vez que el boxeo es un espectáculo público (como así fuera estimado por decenas sobre decenas de años y no como se le clasificó a continuación de lapso tan prolongado, ya que clasificado acomodaticiamente como ‘deporte’, pudieron tomarlo subsiguientemente por asalto sendas gavillas de aprovechados y de oportunistas particulares para desplazar a las autoridades ejecutivas y policivas que tenían el control del boxeo en el mundo entero). Donde no han podido hacer el ‘trueque’ de la picardía es en los Estados Unidos.
Y a través de miles de combates que se realizan en los cuadriláteros de este “mundo historial” —como decía Juancho Polo Valencia— sólo viene a aparecer en horizonte tan dilatado una que otra desgracia. La última en producirse ha sido esta de varias semanas atrás, cuando el púgil surcoreano Choi Yo-Sam le gana un durísimo combate al indonesio Heri Amol por puntos y no han terminado de alzarle el brazo cuando el chico surcoreano se desploma. Se le conduce al hospital y termina falleciendo un par de días después, luego de ser intervenido quirúrgicamente.
Que sepa este columnista que pese a sus muchos años tanto de vida como de observancia deportiva, esta es la primera vez que un boxeador ha ganado un combate y casi de inmediato se desmaya y termina pereciendo en un hospital. Todos los que han fallecido por acción de los golpes han sido primero perdedores por nocaut y luego dolorosamente perdedores también ante la vida.
Hemos alimentado una tesis por muchísimos años de observación pugilística, tratando de encontrar una explicación razonable ante el desenlace trágico de un combate de boxeo. Y es que a deporte tan rudo y a la vez tan destructivo como el pugilismo y por demás seducidos por la cascada de dólares que suele suministrar, a esta órbita entran los debutantes fuertes físicamente, como también aquellos que no lo son tanto y por ello en sentido general suelen ser las víctimas accidentales de drama tan estremecedor.
Para sólo citar un ejemplo —de tantos que podrían citarse— en refuerzo de la anterior aseveración nuestra, no ha habido en la historia del boxeo un caso más patético y más demostrativo de castigo inhumano recibido sobre un ring, como el de Jess Willard, a quien Jack Dempsey le quitó en Reno, Nevada, el título mundial de peso completo. Y si solo hubiera sido eso, el título. No le quitó la vida porque Willard era eso que hemos dicho: Un hombre tremendamente fuerte.
Miren no más la lista de los destrozos sufridos por Willard: 3 costillas fracturadas; 4 dientes volados a nivel de encías; el pómulo derecho igualmente fracturado. Y la cara una masa sanguinolenta, producto de la palia más bárbara y salvaje que se ha visto sobre un ring. ‘
La Carnicería de Toledo’, se le ha llamado siempre.
Pero el gigantesco Willard se recuperó de semejante ordalía y hasta siguió boxeando, enfrentándose a Luis Ángel Firpo. ¿Todo por qué? Pues por eso, por su fortaleza física excepcional. Pero cuando al boxeo ingresa jóvenes que no tienen el poder asimilador y luego recuperador, el día menos pensado —como decían nuestras abuelas— aparece la barca de Caronte, llegando a las orillas para reclamar una víctima más.
Choi Yo-Sam no tenía la estámina, la fortaleza física para asimilar ese castigo que tantas veces se recibe en un combate de boxeo y se pierde la vida.
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