
El "Ratón" ya está junto a la Virgencita
By José Luis Camarillo, camarillo@notifight.com
Mar 24, 2009 - 9:04:36 AM
Raúl "Ratón" Macías seguramente ya ese encuentra en el regazo de su adorada Nuestra Señora de Guadalupe, luego de exhalar un suspiro postrero a las 20 horas de ayer. Tenía 74 años de edad.
Su leyenda permanecerá latente por toda la eternidad, como ejemplo de que la fama máxima puede combinar perfectamente con una vida personal sana y alejada de cualquier escándalo.
El icono falleció de un paro respiratorio, luego de luchar contra el cáncer de próstata que le aquejaba desde hace ocho años.
Raúl Macías Guevara invocó desde su niñez a
la Virgen del Tepeyac, y la reconoció hasta su muerte como la autora de la grandeza alcanzada como boxeador, y como persona. Bajo esa particular devoción se convirtió en el hombre que es calificado por muchos como el más grande ídolo de México dentro del deporte de los puñetazos y, tal vez, del deporte en general.
En él se escuchaba natural la universalmente famosa frase: "todo se lo debo a mi manager y a
la Virgencita de Guadalupe".
El que fuera gran campeón mundial de peso gallo convaleció durante un mes en una cama del hospital 20 de Noviembre, donde fue acompañado en todo momento por su hoy viuda, Yolanda Calderón Navarro, con la que procreó cuatro hijos: Luis Raúl, Jorge, Arturo y Guadalupe Yolanda.
Luis Raúl y Jorge murieron hace años, dos golpes terribles que afrontó con dignidad.
Su salud dio muestras de serio quebranto desde que a la medianoche del aún reciente domingo 22 de febrero, fue sometido a una intervención quirúrgica en el intestino grueso. Su hijo Arturo Macías Calderón, que tampoco se separó de él desde entonces, explicó que eso era al margen del cáncer.
Queda para la historia que las abuelitas mexicanas encendían veladoras a lo largo y ancho de nuestro país cada vez que subía al ring, a la vez que rezaban para que saliera ganador.
Con ese magnífico humor que le caracteriza, Raúl decía que la ocasión en que perdió con Alphonse Halimi, en la que es considerada la noche más triste del pugilismo en nuestra nación, a esas abuelitas "se les olvidó prender sus veladoras". Lo mismo expresó cuando el moreno Billy Peacock le fracturó la mandíbula en la primera de sus únicas dos derrotas como peleador profesional.
Cuando entró al hospital en febrero anterior, el Diario de los Deportistas propuso encender una veladora o elevar una plegaria por su salud. Macías envió su agradecimiento a través de nuestras páginas desde su lecho de convaleciente.
El Consejo Mundial de Boxeo siempre estuvo al pendiente de Raúl, al que adoptó como una especie de símbolo que acudía a todos los eventos importantes de esa entidad, en México o en el extranjero.
De acuerdo con el reporte de Arturo Macías, el cáncer de su padre "estuvo encapsulado"; pero en diciembre pasado se diseminó a distintas partes de su sistema óseo, lo que afectó su caminar y le hizo suspender su eterna costumbre de ejercitarse diariamente.
Hasta poco antes era cosa común que Macías se dirigiera a todas partes en Metro, siempre con un andar vigoroso y con la sonrisa lista para corresponder a cualquiera que le reconocía.
Su cuerpo es velado en una funeraria instalada en la calle de Puebla 270, esquina con Valladolid, en la colonia Roma.
Desde la llegada del ataúd con sus restos mortales, distintos personajes hicieron acto de presencia para ejecutar distintas guardias de honor.
MI PERSPECTIVA
Por José Luis Camarillo, camarillo@notifight.com
Raúl Macías Guevara nació en las condiciones más humildes, en el barrio bravo de Tepito, el 28 de julio de 1934. Nadie podía imaginar que llegaría a ser el ídolo de cada mexicano en la tierra.
Producía una locura colectiva no sólo cuando subía al ring, sino cuando entrenaba... o cuando era descubierto en alguna calle.
Sus padres eran originarios de León, Guanajuato, y él siguió los pasos de sus hermanos mayores boxeadores, Gaby y José. "Yo les cargaba la maleta", decía.
"Mi papá era zapatero remendón", recordaba Raúl, cuyo abrupto retiro del boxeo como profesional, a los 24 años, en plenitud física, se debió a la promesa que hizo a su madre enferma, la cual moriría casi inmediatamente después de que hizo el anuncio oficial tras vencer a Ernesto Parra en la ciudad de México.
Una prueba más de que el "Ratón" gozaba del cariño de todos, es que ayer Monseñor Pedro Agustín Rivera Díaz, rector de la vieja Basílica de Guadalupe, me comentó que sus padres eran afectos al boxeo y formaban parte de los admiradores del "Ratón".
Los festejos por el triunfo de Raúl Ratón Macías contra el tailandés Songkitrat paralizaron al país.
El apodo nació cuando entrenaba en Tepito -su primer entrenador y maestro boxístico fue Pepe Hernández- y en plan de juego lo subieron a boxear con un peso completo, al que se le metió entre las piernas para golpearlo por atrás, en las posaderas. "Mira, parece ratón", se escuchó en el gimnasio.
Macías contaba en meses recientes, con enorme lucidez, que su pasatiempo principal era andar de salón en salón en esta gran metrópoli, ya que su "vicio" siempre fue el baile, lo cual usaba para la preparación de sus combates. Nunca fumó ni bebió.
En los años 90 instaló un restaurante-bar con su hijo Raúl, en la colonia Jardín Balbuena. Fue la única vez que no logró el éxito.
Cuando contestaba el teléfono en su hogar, indistintamente expresaba: "En esta esquina... con cincuenta y tantos kilos...".
"Ratón", desde este rincón te doy las gracias por tu sincera amistad. Descansa en paz, amigo.
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