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Édgar Sosa atrajo a 30 mil en dos funciones
By J. Arturo Contreras
01/10/2008 04:51

El doctor José Sulaimán Chagnón está por cumplir 33 años como presidente del Consejo Mundial de Boxeo. Resultaría ocioso, por lo tanto, preguntarle cuántas peleas de boxeo ha visto en su vida. Las ha visto todas. Y también ha sido testigo del crecimiento y consolidación o fracaso y desaparición de una cantidad inimaginable de boxeadores. Es por eso que se debe tomar muy en cuenta cuando dedica elogios o críticas a algún boxeador. Ayer, en la reunión que los martes sostiene con los reporteros especializados (algunos no tanto) de boxeo, el tema Édgar Sosa era y fue inevitable. Don José fue claro, directo: Sosa es un ídolo, dijo.

 

En su columna Mi Perspectiva de este martes, el colega José Luis Camarillo tocó el tema. Coincidió también con otros especialistas como Víctor Cota o José Ramón Garmabella en que Édgar ha rebasado los límites de la popularidad para instalarse en el privilegiado sitio que antes sólo ocuparon grandes como Raúl “Ratón” Macías o Rubén Olivares, José “Toluco” López o Rodolfo “Chango” Casanova; Julio César Chávez también acarició este lecho que los aficionados tiene reservado sólo para algunos.

Cierto que los tiempos son otros, como lo es México, el mundo; los placeres y las necesidades no son las mismas. Como que estamos en otro siglo, pues.

 

Poco se ha comentado, pero las circunstancias que se dieron en la pelea que Sosa sostuvo el pasado sábado 27 de septiembre, permitieron que Édgar se mostrara en toda su plenitud, y dejara patente esa ‘hambre’ que tiene de ganarse el cariño del público.

 

Vimos su faceta de gran boxeador, de fino e inteligente estilista, pero también pudimos ver su ‘otra cara de la moneda’. Como se dice en el ambiente boxístico, ya lo conocíamos como “pitcher”, faltaba verlo de “catcher”. Cuando el poder del filipino Sonny Boy Jaro explotó en su rostro y nuestro campeón cayó a la lona, lo hizo en verdaderas malas condiciones. Muy, muy mal. Pero se levantó a dominar de nueva cuenta la pelea y dejó en 10-9 un round que debió perder 10-8.

 

Faltaban nueve minutos de contienda y cualquiera pudo pensar que Édgar se limitaría a conservar la ventaja, que para entonces ya era amplia. No fue así. Alentado por los cerca de 12 mil aficionados que colmaron la arena México, de manera temeraria se paró a cambiar golpes con un tipo que minutos antes lo había puesto en la lona y que, se conocía, es un tremendo noqueador.

 

No le importó a Édgar. Habrá quien lo tache de irresponsable, pero lo que él eligió fue agradar a su público. Apenado con su afición, se levantó y peleó en el terreno que más peligro le representaba. Pudo boxear a distancia solamente, pero quiso agradar, que su no abandonara la arena decepcionada por el espectáculo.

 

Es, de verdad, el más técnico de nuestros campeones, pero también es un valiente y el más querido por los mexicanos. Así ha quedado de manifiesto este, el año de su consagración, en el que en sólo dos peleas ha reunido a cerca de 30 mil personas.

 

En el Palacio de los Deportes, el pasado junio, la entrada rebasó las 18 mil personas; el 27 de septiembre, cerca de 12 mil almas acudieron en la arena México; por cierto, las dos ediciones de “Batalla en la Capital” han sido organizadas por el promotor Fausto García y su equipo de Boxeo de Gala.

Desde las grandes épocas de Julio César Chávez no se veía un fenómeno boxístico de esta naturaleza.

 

Nadie exagera, créanlo, cuando se le llama a Édgar el nuevo consentido de la afición mexicana. Tampoco cuando se le considera el nuevo ídolo del boxeo mexicano.

 

Al menos en lo que va del siglo, ningún otro puede presumir de haber reunido a 30 mil personas en dos funciones.

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