
Salió del elevador caminando. Lento pero solo. Sin ayuda. A lado de Gerardo Piñón, sus padres, la señora Raquel Antunez y don Armando Piñón, ya sin el rostro de preocupación con el que descendieron del avión que, el pasado lunes 2 de septiembre, los trajo de Torreón al Distrito Federal.
Los papás del llamado “Manitas” están felices, felices y orgullosos. Agradecidos con Dios, con los especialistas del hospital Adolfo López Mateos, que allá en la capital del estado de México sometieron a la delicada operación para extraerle el hematoma subdural parieto-temporal derecho que lo puso inconsciente poco después de que los paramédicos lo bajaron del ring en camilla.
A ocho días de aquel trágico desenlace de su pelea con Oscar Blanquet, Piñón Antunez ha ganado la pelea más importante de todas cuantas haya podido tener antes. La más importante de cualquier boxeador, de cualquier ser humano. Está vivo. Camina, habla, recuerda, planea su futuro. También agradece a Dios, a los neurólogos que lo intervinieron y al promotor Fausto García, que por su profesión de médico conoce bien la importancia de una atención inmediata.
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Todavía siento mareos”, confiesa Gerardo con esa voz clara que no refleja ni por un instante el estado en que el boxeador se encontraba hace apenas unos días. En el lado derecho de su cabeza, un enorme parche le cubre el lóbulo de la oreja derecha. Su bigote permanece tan intacto como sus recuerdos.
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Realmente no me acuerdo de la pelea. Sé que en el primer round me empezó a doler la cabeza, pero nada más. No sé cómo acabó. Yo sí creo que es un milagro. Me lo dicen mis padres, porque puedo hablar, caminar, además de que no necesito que me ayuden ni siquiera para ir al baño”, comenta mientras mira para todos lados con esos ojillos que mantienen el brillo de la esperanza.
De su milagrosa recuperación, comentó: “Aún me mareo un poco cuando camino y me faltan fuerzas, pero estoy bien”. Cuenta que los doctores le informaron que “llegué a la pelea con coágulos en el cerebro, los cuales posiblemente se produjeron durante mis prácticas con “sparrings” en el gimnasio”.
Sentado en el elegante sillón del lobby del hotel Casa Inn, el joven soltero de 22 años apunta “cuando desperté a los tres días ya estaba en el hospital. Esta es una segunda oportunidad que me da la vida. Gracias a Dios estoy vivo”.
Lo sorprendente de todo esto es lo intacta que esta su mente, sobre todo por lo peligroso de la operación. Se da el lujo de agradecer a Boxeo de Gala “por las dos peleas de campeonato que le han dado… Muchos no han salido, pero yo salí y bien. Los doctores me dicen que soy el primer caso de alguien que responde bien a este tipo de operaciones”, asegura mientras una leve sonrisa se le dibuja en su rostro.
De su futuro, comenta que va descansar un año y piensa seguir en el pugilismo, aunque ahora como entrenador, al lado de José Rojas, su manager, quien le ha ofrecido todo su apoyo para hacer carrera en esa nueva faceta.
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Quiero seguir en el deporte. Me gusta correr, sería así. El boxeo es muy riesgoso”, subraya el boxeador duranguense, cuarto en seis hijos que procreó el matrimonio Piñón-Antunez.
LOS MILAGROS EXISTEN
Raquel y Armando, padres del peleador, están convencidos de que lo ocurrido a su hijo es un milagro. “Lo vemos muy bien, no le quedaron rasgos de su operación y eso nos tiene contentos”, afirmó su progenitor.
Don Armando dijo que Gerardo es el único hijo que se dedicó al boxeo. “Soy empleado y no me importó venirme a México para estar con mi hijo. Nos vamos contentos, porque el apoyo que nos ha dado el promotor Fausto García es invaluable, puesto que además de apoyar a nuestro hijo, nos trajo a nosotros desde Durango y nos está pagando alimentación y hospedaje”.
Los felices padres y Gerardo emprenderán este martes el regreso a su tierra natal, una vez que el pugilista está totalmente recuperado, en una historia que inició como una pésima noticia y que tuvo un final feliz.
¡Claro que los milagros existen!